—Queda uno —dijo en voz alta, y su propia voz le sonó como el graznido de un cuervo.
Anderson cogió la libreta negra, arrancó la última página y la acercó a la llama de la vela. El nombre de Harwick ardió lentamente, retorciéndose como un gusano de tinta y ceniza.
—No fue un accidente —le susurraron los fantasmas—. Fue un juego. Un juego de blancos de buena familia que se aburrían.
Anderson no se sobresaltó. Ya había aprendido que el miedo era un lujo que no podía permitirse. Era Lucy. Su melena rubia pegada por la lluvia, sus ojos azules demasiado claros para la noche que cargaba sobre sus hombros.
Lucy tomó su abrigo. No dijo nada más. No hacía falta.
Detrás de ellos, la página quemada de la libreta seguía ardiendo en el cenicero. Las cenizas volaron por la habitación como una pequeña profecía.
Anderson se levantó despacio. Sus músculos dolían, pero era un dolor bueno, el dolor de quien ha dejado de ser presa para convertirse en cazador. Miró por la ventana empañada. Más allá del aparcamiento vacío, las luces de la ciudad parpadeaban como ojos hipócritas.
Lucy se acercó, dejando un rastro de agua en el suelo de madera podrida. Puso una mano sobre el hombro de Anderson. No era una caricia; era una advertencia.